Björk

Björk y las sensaciones

El escenario es negro, sin fondo, y sólo sombras violetas y rosas dan una sensación de espacio. Allí está la protagonista, una chica bajita con pelo muy oscuro y liso, con sus ojos profundos destacados bajo párpados pintados de negro.

Su vestido estrafalario cuesta de definir, parece un trozo de cortina rosa, de doble capa, que dibuja olas. Hace pendular un estropajo de colores de un lado a otro, como si fueran las llaves de casa colgando del cuello. Si se entra en la escena vía Youtube, sin introducciones, la imagen choca bastante, pero solo hay que fijarse en las miradas ilusionadas del público para llegar a la conclusión que lo estrafalario es parte de la belleza del espectáculo.

Ella es claramente el centro de todo lo que sucede, y entorno a su figura, un número indeterminado de músicos: por lo menos un pianista, un dj, un percusionista y un pequeño ensemble de instrumentalistas de viento, que a su vez apoyan a la cantante con movimientos de comparsa tradicional nórdica. Es como si la chica se hubiera creado un mundo en el que se sienta cómoda, un sitio diseñado a medida. Ha sacado de su cabeza las formas y colores con los que sueña, y los ha plasmado en el escenario.

Björk es única. Es un bicho raro. Pero a diferencia de otros raros, nadie tiene el valor de discutir su originalidad. Nadie que se haya fijado un poco en su trayectoria. Si se compara su música con lo que se comercializa alrededor del globo uno llega a la conclusión que lo que crea la artista nórdica ha estado siempre en un mundo aparte (por no decir un mundo por delante). Muchos consideran que ella marca la vanguardia, es decir, su experimentación con el sonido es lo que inspira a otros artistas a crear las nuevas tendencias que escuchará finalmente el gran público.

Björk es también Islandia. Hasta hace poco era la única e indiscutible embajadora del país en el mundo (ahora la acompañan en el puesto de honor Sigúr Ros). Su imagen ha sido por muchos años la mejor impronta turística de la isla. ¿Cómo puede ser que un país gélido, de alma pescadora y con una población que a duras penas supera los 300.000 habitantes haya dado a luz a una de las artistas con más caché en la agenda artística de las grandes urbes del mundo?

De vuelta al escenario, la protagonista de su propio cuento de hadas empieza a entonar “Hyperballad (Post, 1995), uno de sus grandes éxitos. Su voz es como un pequeño torrente de agua en medio del bosque, clara y contundente, segura, pero susurrando a ratos, con una sonrisa que aparece de vez en cuando, en los momentos en los que realmente disfruta explicando el cuento que cuenta.

Tiene 43 años, pero actúa con la ilusión de una niña a la que le dan todo el tiempo y los recursos del mundo para explicar su propio universo al público, con sus propias melodías, sus matices, sus colores, sus sonidos y sus historias. Y realmente es así, Björk utiliza todas sus posibilidades. Desde que empezara su carrera musical con el grupo Sugarcubes, ha ido evolucionando constantemente. Mezcla Folk con Gospel, música Clásica con House, todo vale. Trabaja con Rahzel, Spike Jonze, Michael Gondry, Mark Bell, Aphex Twin, todos ellos expertos mundiales en su propia especialización. Zeena Perkins, Tricky, Timbaland, Tom Yorke, Lars von Trier…

Se mire por donde se mire, su vida es el colmo de lo que un artista se puede plantear. La crítica ha aclamado uno tras otro los 6 discos desde Debut (1993), ha sido protagonista de “Singing in the Dark”, película dirigida por Lars Von Tries y ganadora del Festival de Cannes, donde también fue nombrada mejor actriz. Llena teatros en actuaciones experimentales, viaja por el mundo grabando trabajos con todo tipo de autores de culto, y se dice que su música tiene una gran influencia en artistas tan distintos como Madonna, Incubus, Lily Allen, Bloc Party, M.I.A, Chris Martin, Natasha Bedingfield, Thom Yorke o Mars Volta.

Con todos estos credenciales elevándola, Björk sigue encima del escenario del teatro Olympia, en Paris. El público contempla a su musa de lo original. Sueñan con ella, y bailan al sonido tribal de la siguiente canción, “Pluto”. No son adolescentes, son jóvenes adultos que a sus treinta y tantos siguen buscando experiencias nuevas, y mueven sus brazos hacia delante y hacia atrás, al son de la liturgia de la islandesa. Por lo brillante de los ojos, algunos parecen haber encontrado una música auténtica (y unas sensaciones nuevas), algo muy especial, alejado de la cultura vacía de las masas. Björk no tiene problemas en ser su fuente de inspiración para el par de horas que dura el concierto.

Aunque después del subidón de fantasia, volverá la realidad de lo vacío para los fans. Y para Björk también. Ella seguirá experimentando con la música, en busca de algo nuevo, diferente, aún más original, aún más avanzado, más retorcido, más excesivo… que la acerque un poco más a sus insaciables aspiraciones. Los fans por su parte, pondrán su fe en la islandesa, y esperarán que no pase mucho tiempo hasta que les ofrezca un nuevo álbum de huidas artísticas hacia un mundo paralelo al que viven en el día a día.

Demasiada responsabilidad para Björk. Aunque seguirá intentando avanzar respuestas, como se espera de una vanguardista. De eso se trata, al fin y al cabo, de buscar hasta encontrar una verdad que llena. Una verdad que más allá del escenario también sirva para el mundo real.

Esa verdad existe, dicen. Pero a lo mejor no se encuentra en uno mismo.