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Génesis y revelación
(El debate de los orígenes – VI)

El presente monográfico está dedicado al polémico y discutido tema de “El debate de los orígenes”. En este número (artículo VI y último de la serie) Stuart Park termina analizando la relación de los primeros capítulos del Génesis con el resto de la Biblia.

 

El debate de los orígenes (VI)

Los artículos anteriores han planteado el tema de la Creación en relación con la ciencia y con la fe. Al margen de sus importantes conclusiones, y sin detrimento de la historicidad implícita en el relato bíblico —más bien a la luz de ella- nos proponemos esbozar, a continuación, la relación entre los primeros capítulos de Génesis y el resto de la Biblia.

Esta relación es intensa y su influjo permea la Escritura entera. Las referencias a Génesis en el Nuevo Testamento son bien conocidas, tanto en el magisterio de Cristo como en el de S. Pablo (en el plano de la moral, p. ej. la enseñanza sobre el divorcio en Mt. 5:31-32,- y en el de la eclesiología, p. ej. 1 Co. 11:3-16,- 1 Ti. 2:11-15). Pero la presencia de Génesis en la literatura bíblica desborda el nivel de la referencia explícita y se extiende por todo el campo canónico, moldeando sus contornos lingüísticos, encauzando el flujo de su discurso histórico, conformando su topografía simbólica, para desembocar finalmente en su destino último, la salvación.

Resulta evidente que la cuestión lingüística es prioritaria: la Biblia presenta en primer lugar un orden de palabras, y lo que determina nuestra comprensión de la salvación es, en última instancia, la confianza que genera el lenguaje bíblico en relación con la historia real. Dividiremos este breve ensayo, por tanto, en tres apartados: Génesis como fuente del lenguaje bíblico, como cuna de la historia sagrada, y como punto de partida del plan de la salvación.

GÉNESIS Y EL ORIGEN DEL LENGUAJE BÍBLICO
La prioridad de la palabra en la creación, puesta de manifiesto en el célebre Fiat de Gn. 1, adquiere su consagración definitiva en el prólogo de S. Juan: En el principio era el Logos, y el Logos era con Dios, y el Logos era Dios (1:1). La Palabra queda identificada así como principio genérico del universo, origen de la vida y fuente de la razón: En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres (1:3).

El origen logocéntrico de la creación abre al hombre el potencial ilimitado de la comunicación lingüística, y el privilegio concedido a Adán de nombrar las cosas (Gn. 2:19) autoriza un pacto de significación entre el lenguaje y el mundo, del que nace el discurso racional. Las implicaciones de este hecho son de enorme trascendencia. Las palabras tienen entidad propia, y tanto quien las emplea como quien las recibe no puede sustraerse a su responsabilidad ética y moral (verjn. 6:68-9,- 7:15-17) (1).

Ahora bien, la misma economía del lenguaje implica que una de las características esenciales de la palabra sea su capacidad inherente de desdoblamiento, de manera que las palabras adquieran múltiples niveles de significado sin perder su valor como significante estable (2). De este modo, la metáfora forma parte integral del universo lingüístico del hombre. En lo que atañe al lenguaje bíblico, este hecho permite un despliegue conceptual de extraordinaria riqueza y poder. Consideremos el siguiente ejemplo: E hizo Dios la expansión (…) Y llamó Dios a la expansión Cielos (1:7-8).
La primera voz -expansión- es una palabra «técnica» (muy adecuada, por cierto, a la luz de la afirmación científica de un universo que se expande) que agota en este contexto su aspecto referencial. El nombre que la sustituye (o complementa) -Cielos- abre, en cambio, para el lenguaje bíblico un mundo simbólico que culmina en una dimensión invisible, trascendente, no menos real, aunque sólo conocible a través de la metáfora: el reino de los cielos, donde mora Dios. De este modo, Génesis no sólo narra la creación de cielos, tierra, mar y todo lo que en ellos hay, sino que genera de manera decisiva la expansión metafórica del universo literario de la Biblia.

Veamos, a continuación, otros ejemplos de la generación del símbolo a partir de Génesis 1-3.
– Luz, tinieblas, día, noche, mañana, tarde (1:3-5): sea cual fuere la relación exacta entre la descripción de estos conceptos en Génesis y el proceso formativo del universo en términos científicos (3), llama la atención su alto valor simbólico aplicado a los procesos de asimilación y responsabilidad espirituales desarrollados en el resto de la Biblia (ver, p. ej., Jn. 1:9,- 8:12; 11:9-10,-). Observamos, de paso, que si bien «tinieblas», «tarde» y «noche» suelen representar valores negativos en lo moral y espiritual, el hecho de que formasen -y forman- parte de la buena creación de Dios, implica también un aspecto positivo y saludable, no sólo para el descanso físico, sino también para la maduración espiritual (ver, p. ej., el libro de Job).
– Tierra, mares, hierba, semilla, árbol, fruto (1:10-12): la introducción de estos términos permite un prolijo y extenso crecimiento conceptual que abarca el mundo espiritual no menos que el material, de manera que lo terrenal se convierta en metáfora de lo mortal (1 Co. 15:47),- el mar en símbolo de la muerte (Ap. 21:1); la hierba, de lo efímero (Sal. 103:15),- la semilla, de la Palabra de Dios (Lc.8:11); el árbol, de la rectitud moral (Sal. 1:3),- y el fruto, de la manifestación de carácter espiritual (Jn. 15:8). Cada uno de estos símbolos, por otra parte, contiene su propio desarrollo e incluye diversas variaciones, según contexto (4).
– Aves, monstruos marinos, serpientes, bestias y animales de la tierra (1:20-25): el mundo animal también se yergue en protagonista de valores invisibles, donde las aves aladas simbolizan a los seres espirituales (Mt. 3:16), los monstruos marinos, a las fuerzas del mal (Jb. 41:1),- la serpiente, al tentador (Ap. 12:9),- las bestias, al adversario espiritual (1 P. 5:8), y los animales.

Por último, y en lugar preferente, el hombre: Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó,- varón y hembra los creó (1:27). Adán y Eva, tan reales como nosotros mismos, son a la vez imagen y semejanza, metáfora y símbolo (por así decirlo) de la Divinidad (5). Este hecho permite una identificación mutua de los hombres y mujeres de la Biblia con Jesucristo, el Hijo del Hombre, a la vez que introduce un elemento clave para la historia bíblica: la proyección tipológica de la venida del Hijo de Dios, y de la consumación de la historia en el Apocalipsis (6).
La creación material se convierte así en tipo de otra creación, la del mundo espiritual del hombre, proporcionando el marco referencial de su caída y posterior redención. Es el tema de la historia sagrada.

GÉNESIS COMO MATRIZ DE LA HISTORIA BÍBLICA
Efectivamente, el influjo de Génesis en la Biblia va mucho más allá de su capacidad de generar metáfora y símbolo: la naturaleza del hombre y la crisis de su caída proporcionan, asimismo, el contexto en el que los autores históricos -de Génesis a Ester- plantean y replantean los términos de su redención. Las limitaciones de espacio impiden hacer más que una referencia muy somera a este tema, por lo que sólo podremos dedicar nuestra (mínima) atención a los dos libros que abren y cierran el ciclo histórico (7).

El libro de Génesis presenta al hombre, varón y hembra, imagen y semejanza de Dios, como virrey de Dios, puesto en el mundo para reinar. A Adán se le concede el privilegio de nombrar las cosas, estableciendo así un pacto de significado estable entre la palabra y el orden creado. Pero no tardará en aparecer la ruptura, la desavenencia, la alienación. Engañado por una manipulación perversa de las palabras, el hombre cae de su destino y emprende un penoso viaje sin retorno, alejado del Edén, hacia el polvo de la muerte. La historia bíblica es la historia de su restauración.

Los autores bíblicos recogen y reelaboran, cada uno a su manera, el tema del hombre como rey en el exilio.

El primer libro de la Biblia sitúa al hombre y a la mujer como rey y reina en el huerto del Edén, y traza, a partir de la caída, el largo proceso emprendido en busca de su identidad. Noé, guiado por una paloma, se instala en un mundo nuevo (Gn. 9); Abraham, junto con Sara, sale de Ur de los Caldeos en espera de una Ciudad (He. 11:10), Jacob ve en sueños el gobierno de Dios en Betel (Gn. 35), y José, traicionado por sus hermanos, es elevado a la diestra del Faraón en Egipto (Gn. 41-46). Instalado en la tierra prometida, Israel es gobernado, con variada fortuna, por los Jueces, aunque incluso en aquellos tiempos de crisis pre-monárquica, se vive un brillante ejemplo de la dignidad de las personas en el libro de Rut (8). Con el tiempo se instala en Israel la monarquía, de la que es figura prototípica David. La monarquía —no podía ser de otra manera— entra en crisis. La nación se divide, el pueblo es dispersado, y finalmente, bajo el reinado imperial de los monarcas persas, regresa parcialmente a su tierra.

El último de los libros históricos, Ester, retoma el tema real desde las postrimerías del proceso histórico. El libro comienza con un rey, Asuero, y una reina, Vasti, en el palacio de invierno del imperio persa en Susa. El genial autor describe (con inusitada atención al detalle cromático) el entorno de un conflicto que vuelve a enfrentar al hombre con su mujer: Y cumplidos estos días, hizo el rey otro banquete por siete días en el patio del huerto9 del palacio real (…) El pabellón era de blanco, verde, y azul, tendido sobre cuerdas de lino y púrpura en anillos de plata y columnas de mármol, los reclinatorios de oro y plata, sobre losado de pórfido y de mármol, y de alabastro y de jacinto (1:5-6).
Las alusiones a Génesis en este breve fragmento son tantas que invitan a recorrer, a partir de ellas, la Biblia entera, desde la bóveda azul y los verdes árboles del Edén, con su oro, bedelio y ónice, hasta la nueva Jerusalén, con sus calles de oro y puertas de perla, cuyo fulgor era semejante al de una piedra preciosísima… (Ap. 21:11). En este marco, el libro de Ester explora los valores de la verdadera realeza humana -no la meramente dinástica de la destituida Vasti- sino la personal y espiritual de la joven judía Ester, no la del mero poder político, como la del voluble rey Asuero, sino el verdadero espíritu de señorío, el de Mardoqueo, su virrey y virtual salvador (Est. 2:21-23).

Es un hecho notorio que Dios es el gran Ausente del libro de Ester: su nombre no es mencionado nunca. Los judíos de la Diáspora, como Mardoqueo y Ester, se hallan «sin Dios en el mundo», en una sociedad secularizada, alejados de su templo, alejados de su ciudad y de su patria, muy lejos de sus orígenes como pueblo escogido, y más lejos aún de su identidad real. En medio de su alienación el autor de Ester construye una historia que devuelve al concepto monárquico su identidad perdida, aunque sólo en parte, pues aún había de venir el verdadero Rey para restaurar por fin la dignidad y señorío de todo hombre y mujer en el verdadero reino de Dios.

He aquí la función de la narrativa bíblica. El narrador relata las peripecias de hombres y mujeres inmersos en la historia real,- su pequeña historia anticipa, a su vez, en sombra y figura, la venida del Mesías, Rey y Señor de toda la historia humana.

GÉNESIS Y LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
Lo dicho hasta aquí podría multiplicarse en referencia a todos los géneros de la literatura bíblica. No sólo los libros históricos, sino también los poético-sapienciales y profetices parten de manera natural de la problemática prototípica de Génesis. Veamos algunos ejemplos:

Job es el hombre solitario que sufre un cruel ataque satánico, para caer en desgracia y angustia existencial, desde un lugar de inocencia y bendición. Tras su visión del Redentor (Vindicador) de 19:25, recupera su posición anterior, doblemente realzada. La historia de Job nos permite adentrarnos, desde la intimidad de un testigo de excepción, en el horror de una relación rota, de una confianza destruida, de una amistad burlada, a la vez que permite atestiguar la fortaleza inquebrantable de la verdadera fe.

Salmos despliega toda la panoplia espiritual del hombre, como individuo y como pueblo de Dios, como peregrino y como rey, en sus peligros y angustias no menos que en su alegría y salvación. El Salmo 1 evoca de nuevo el lenguaje de Génesis: Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos … Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas (1:1,3),-es Adán como podría -debería- haber sido, si no fuera por la tragedia de la tentación. Pero el hombre cayó, y el Salmo 22 anticipa la angustia del Mesías que muere en el árbol maldito de la cruz, único Varón que no sucumbió en la hora de la prueba. El último Salmo celebra el júbilo del pueblo redimido (150).

Proverbios plantea la contradicción ética del hombre, capaz tanto de la más elevada sabiduría cuando teme a Jehová y considera a su prójimo, como de la necedad más supina cuando hace alarde de un espíritu egoísta y auto-suficiente. El libro comienza con la figura prototípica del hombre sabio -un rey, Salomón- que contrasta con el hombre simple que se rinde a la engañosa voz de la insensatez,- y culmina con el retrato de la mujer perfecta que complementa, con su fidelidad y buen hacer, el ideal bíblico de la inteligencia, prudencia e idoneidad planteado en el Edén.

Eclesiastés regresa nuevamente a Génesis, con su Vanidad de vanidades (1:2) y su Generación va, y generación viene… Sale el sol, y se pone el sol… (1:4,5), en clara alusión -desde la frustración de la memoria colectiva (no en vano significa Eclesiastés: convocador de la Asamblea)- a la dinámica y esperanzada narración de los orígenes. Un joven mundo de prístina belleza ha entrado en un ciclo cansino de desencanto, monotonía y sinrazón. No deja de ser significativo el hecho de que la ruptura de este círculo vicioso se produce en Jesucristo, cabeza de una Ecclesia que abre, en este mundo, las puertas del reino de Dios.

El Cantar de los cantares , que culmina el ciclo sapiencial, regresa al jardín cerrado de un Edén impregnado de fragancia y belleza, y celebra la unión de un hombre y una mujer que se aman.

Esta bella poesía cierra el ciclo que comenzó con la caída de Job, y anticipa la consumación de la historia humana, cuando Cristo celebre sus bodas reales con su esposa, la iglesia redimida, en la eternidad.

Resulta claro que la literatura del Antiguo Testamento se emplea en un plano doble: reflexiona sobre un pasado lejano, aunque siempre inmediato, para plantear la crisis humana en términos de una salvación reservada para un día futuro, aunque siempre inminente. De este modo, su simbolismo nace en el principio, para desembocar en Jesucristo (Sol de justicia, Luz del mundo, Vid verdadera, Cordero de Dios, Río de agua viva, Roca de la salvación, etc.), y su historia discurre desde la creación del mundo hasta encontrar su cumplimiento en el fin, la Venida del Mesías y Redentor.

El profetismo bíblico, por supuesto, representa el paradigma natural de esta dialéctica: anclado en un momento histórico determinado, mira atrás con nostalgia hacia un pasado perdido, y proyecta hacia el futuro una esperanza de redención.
El libro de Isaías (por tomar como único ejemplo su representante más emblemático) presenta, desde una compleja circunstancia histórica nacional, el problema espiritual de Israel. Su lenguaje ya nos resulta del todo familiar: Oíd, cielos, y escucha, tú, tierra, porque habla Jehová: Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí. El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento (1:2-3).

Para resolver este problema, Isaías introduce al Mesías de manera dramática en su formulación de la salvación futura de Israel. Desde el nacimiento de un niño que es hijo de Dios (7:14,- 9:6-7), pasando por su vida, muerte y resurrección (cap. 53), hasta su reinado glorioso y la consumación de los tiempos (cap. 60), el profeta plantea la rebeldía del pueblo (1:2), su castigo y cautiverio (39), hasta su restauración y triunfo (cap. 49). La magnífica poesía de Isaías no oculta un compromiso intenso con la historia real, vindicado plenamente en la venida de Jesús (ver, por ejemplo, Hch. 9:26-37). Todo el profetismo hebreo, no menos que su historia, ley y sabiduría, se cumple en Cristo (Le. 24:26-27, 44-47).

El Nuevo Testamento, como no podía ser de otra manera, expone, desde Adán (Le. 3:38) hasta la consumación (Ap. 22:21), el significado de las Escrituras, y su relación con la salvación (ver Le. 24:44-45,- 1 Co. 15:3-4). Pero éste, evidentemente, no es el lugar apropiado para abordar un tema que, por otra parte, nos es, sin duda, más familiar.

CONCLUSIÓN
Todo está en expansión,- todo converge en Cristo (Ef. 1:9-10,- Col. 1:15-20). La visión cristológica de la Biblia refleja el hecho cristocéntrico de la creación. La historia sagrada, no menos que el universo, señala a Cristo. El hombre requiere un Salvador, de ahí que sentenciara S. Pablo: Adán, el cual es figura (tupos) del que había de venir (Ro.5:14).

La coherencia de la Biblia es total. No obstante la multiplicidad de autores, géneros literarios, y períodos históricos que han moldeado su contenido, evidencia el mismo diseño (designio) inteligente que en el orden material. La Biblia es «tipo» de la Creación. Por ello, la ciencia y la fe no se contradicen, sino se complementan al servicio del Creador.

La coherencia literario-teológica de la Biblia tiene implicaciones evidentes para la hermenéutica: exige el mismo respeto hacia el relato de la Creación como hacia el relato de la Cruz y de la resurrección. Hablar de «errores» en Gn. 1-3 es tan temerario como hablar de «ficción» o «lenguaje de la fe» en la muerte de Jesús y en la tumba vacía. No hay dicotomía. El Dios que creó el universo es el mismo que se hizo hombre y sometió su vida a la consideración de la historia: Aquel Logos fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad (Jn. 1:14).

Su poder en la creación posee el mismo rango que su gloria en la redención, y merece, por tanto, la misma confianza reverente por parte del lector.


(*) Esta serie sobre El debate de los orígenes es la reproducción y adaptación (con permiso) del nº 10 de la revista Aletheia , una publicación de pensamiento y teología realizada por la Alianza Evangélica Española .

1). La filosofía lingüística post-estructural, por contra, afirma que el lenguaje humano es un juego de espejos sin ningún punto de referencia estable.
2). Según Paul Ricoeur, el empleo metafórico del lenguaje resulta incluso esencial desde el punto de vista práctico de la comunicación humana. Si las palabras no tuviesen la capacidad de desdoblarse, de participar de distintas acepciones según contexto e intención, ningún ser humano sería capaz de dominar todo el léxico que requeriría la descripción de los fenómenos, conceptos o sentimientos en los que, a diario, estamos inmersos. Ver la Métaphon vive (Éditions de Seuil, París 1975; trad. ing., The Rule of
Metapbor, Ed. Routledge & Kegan Paul, London 1986, pág. 115).
3). Es de notar que el texto de Génesis no postula una creación en seis días consecutivos de la misma semana del calendario, sino más bien seis bien diferenciados momentos de poder creativo. En este sentido, la frase: «Y fue la tarde y la mañana…» bien pudiera representar una manera gráfica de decir: «Y en un momento determinado del tiempo sucedió algo que no había sucedido antes» (es decir, un soberano acto de Dios), máxime cuando «mañana» y «tarde» son anteriores a la creación del sol en los tres primeros «días».
4). Ver Northrop Frye, El gran código, Editorial Gedisa, Barcelona 1988. de la tierra, distintos grados de comprensión y modos de comportamiento Qn. 10:3).
5). Ésta, y no otra, es la implicación de lo afirmado por Cristo: Yo dije: dioses sois (Jn. 10:34).
6). La relación hombre-mujer, fundamental en el esquema bíblico, como se verá, es lo que permite la
resolución de la historia en las Bodas de Cristo y la Iglesia.
7). Me permito citar a continuación unos párrafos que pertenecen a mi libro Literatura y Biblia, Publicaciones Andamio, Barcelona 1995, págs. 49-51.
8). El libro de Rut gira en torno a la restauración del nombre de Elimelec (en hebreo, mi Dios es Rey).
9). Paraíso en el original.

 

Autores: S. Stuart Park

©Protestante Digital 2011

Publicado con permiso. Fuente: Protestante Digital. Fecha publicación original: 24 de febrero de 2008