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La verdad en la era del pluralismo

La era del pluralismo.

Aunque nos falta la perspectiva histórica suficiente para analizar nuestro tiempo, algo que podemos decir es que estamos en unos momentos de cambio cultural tan profundo y tan rápido que no es comparable con ningún otro momento en la historia. El futuro analizará nuestro tiempo como la época de las convulsiones que llevaron al nacimiento de una nueva cosmovisión. Esta nueva cultura naciente va marcando su territorio y estableciendo sus parámetros. Estos primeros años de un fenómeno que llamamos postmodernidad se están distinguiendo por la fase de contraste con la cultura anterior. Cada vez que nace un movimiento cultural en sus primeros momentos se distingue por el contraste entre la nueva forma de pensar y los valores del pasado. El nuevo movimiento se afirma sobre la negación de aquellos principios que sustentaban el movimiento anterior.

Si la modernidad, que nace a partir del humanismo y se afirma con la Ilustración, es el movimiento de la racionalidad y la búsqueda de la verdad, la postmodernidad se distingue por la intuición y la negación de la posibilidad de alcanzar a comprender la verdad. En términos de verdades absolutas se ha pasado del ateísmo (un fenómeno muy moderno) al agnosticismo. Hemos pasado de las grandes formulaciones doctrinales a una espiritualidad que renuncia a los contenidos. Se ha recorrido un gran camino entre las formulaciones fundamentalistas hasta el relativismo más radical. De hecho, no podemos hablar de un contenido de la fe, ya que el fenómeno más destacado de la espiritualidad de nuestra época es aquel que profesa una religión “a su manera”. Es una confesión autodefinible en la que puedo juntar aquel conjunto de cosas en las que yo quiero creer, en lugar de adherirme a un conjunto de doctrinas predefinido. En los años 60 del siglo pasado la gente creía en lo que le habían enseñado, en la fe de la Iglesia. En lugar de eso, hoy se afirma que “algo tiene que haber”, sin poder precisar mucho más qué o quién es ese algo. En lugar de eso nos daremos una vuelta por las estanterías de los distintos supermercados religiosos y juntaremos un carro de la compra con artículos escogidos aquí y allá que serán mi verdad. Algo sobre lo que los otros opinarán que “si a mí me sirve es que está bien para mí”. Algo que yo no tendré ninguna pretensión de proponer a los demás, perfectamente sabedor que su carro de la compra es completamente distinto al mío.

Esta forma de pensar es lo que llamamos pluralismo. Una pregunta no tiene una sola respuesta, sino que tiene tantas respuestas como personan se la formulan. Además, no existe la posibilidad de que haya una respuesta correcta, sino que en su contexto todas las respuestas son correctas. No podemos hablar en términos de verdadero o falso. Unas mismas palabras pueden tener diferente significado para dos grupos de personas distintas, por ello no hay un significado único para unas mismas palabras.

 

El impacto del pluralismo en la sociedad.

a) La creación de una cultura de la incredulidad. Poca gente en las calles de nuestras ciudades conoce a Jacques Derrida o a Stanley Fish, sin embargo mucha gente ha interiorizado los principios que ellos mismos definieron. Al despreciar la realidad objetiva han abierto la posibilidad a que nuestro sistema de creencias no tenga que responder a una mínima coherencia. Por poner un ejemplo, en un sondeo reciente el 74% de los estadounidenses afirmaban estar de acuerdo en que existe un solo Dios, santo y perfecto, que creó el mundo y que lo dirige en la actualidad. Mientras un 64% de los encuestados en el mismo estudio pensaban que no existe una verdad absoluta.

Eso apunta a que la verdad o la mentira es un concepto social, no algo intrínseco a una afirmación. Es verdad lo que la mayoría cree que es verdad. La relevancia de los sondeos en nuestras sociedades es crucial. La importancia de los medios de comunicación en fijar lo bueno y lo malo es mayor que la de cualquier referente ético en la sociedad. La información que nos facilitan tiene una carga ideológica muy importante. Es notable resaltar los calificativos que se emplean en los medios de comunicación para referirse a partidarios y detractores del aborto o de la eutanasia. Mientras se califica a los partidarios como progresistas, se tacha a los detractores como conservadores, palabra que tiene una connotación negativa. Incluso una gran parte de los programas de los partidos y de la acción de los gobiernos está definida por las mismas encuestas.

b) La convicción de que todas las religiones dicen, en realidad, lo mismo. Nuestros conciudadanos están convencidos de que todas las religiones llevan a la salvación con la misma eficacia. Hay dos posturas predominantes:

– El pluralismo religioso radical que afirma que ninguna religión puede pretender ser superior a otra. En el caso de que una afirme su superioridad y considere a las demás como equivocadas está necesariamente equivocada.

– El inclusivismo. Acepta la verdad de las principales afirmaciones cristianas, sin embargo, piensa que Dios se ha revelado de forma salvadora por medio de otras religiones.

Cuando el cristianismo no acepta estos dogmas del pluralismo es acusado de pretender tener el monopolio de la verdad salvadora (Hick). Para nuestra sociedad no existe espacio para el concepto de la herejía (el error en términos religiosos). Lo único intolerable o herético es la propia intolerancia de aquellos que afirman que la herejía existe.

c) Un cambio total del concepto de tolerancia. Una sociedad libre se distingue por la tolerancia hacia todas las personas, aún cuando exista un gran desacuerdo sobre sus ideas. Esta afirmación engendra el positivo hábito del debate sobre las ideas. En cambio en nuestra sociedad occidental hoy la tolerancia se extiende mucho más a las ideas que a las personas. Se suele ser tolerante con cualquier cosa que otro piense, mientras se puede ser muy intolerante con la misma persona. Hace poco tiempo el colectivo de musulmanes de la población donde resido planeó la construcción de una mezquita y eso levantó las iras de los vecinos que llegaron a las protestas violentas para impedirlo. Somos una sociedad que no encuentra nada malo en las ideas expresadas por el Islam, mientras que no tolera a las personas de los musulmanes. Hemos invertido los valores de lo que se considera una sociedad libre. En una reciente encuesta los jóvenes españoles se mostraban totalmente tolerantes con la eutanasia y el aborto, mientras encontraban intolerable, imperdonable que otros cuestionen sus formas de divertirse. La implicación ética es inexistente, mientras se es intolerante ante quien cuestiona lo que a nosotros realmente nos gusta.

Ya que todas las ideas son válidas y hay que respetarlas casi no existe el debate ideológico. No importa la coherencia de las ideas, no importa su debilidad intelectual, todo debe ser igualmente admisible. Los medios de comunicación lo tratarán con respeto y cierto grado de fascinación por la novedad. Pero si el cristianismo proclama su superioridad habrá traspasado el límite y será atacado con agresividad, porqué habrá atentado contra el pluralismo que es la fe inatacable, aquello que no se debe tolerar. Por tanto el proselitismo es la palabra más odiosa de nuestro diccionario, aunque el “evangelio de la tolerancia” sea uno de los movimientos más fundamentalistas e intolerantes que existen, dejando muy poco terreno para ideas rivales.

Cuando el pluralismo se alía con la noción de progreso, de forma que aquellos que no lo aceptan se les considere como restos pintorescos de una época pasada, la presión ejercida para uniformizarse con el pensamiento único es enorme. A los que sostienen la verdad de lo que dicen las Escrituras se les denomina fundamentalistas.

 

Un descenso a la realidad.

Cuando descendemos a la realidad nos damos cuenta de que el gran aparato ideológico desplegado por el pluralismo sólo nos convence en el área de la ficción, pero que en la vida diaria las cosas no funcionan así. Es como un gran argumento tramposo con el que nos defendemos.

Aunque afirmamos que la realidad objetiva no se puede conocer y que todas las opiniones tienen el mismo valor, nos damos cuenta de que en nuestras conversaciones diarias ninguno de nosotros cree esto. Cuando conversamos con otra persona pretendemos ser entendidos por aquello que decimos y además pretendemos tener razón en nuestros argumentos. No nos parecentolerables aquellas opiniones sobre lo que nos toca de cerca, sobre la realidad que nos circunda. Es una idea atractiva para lanzarla sobre aquello que nos cuestiona éticamente, pero no funciona cuando de lo que estoy hablando es la gente con la que me relaciono en el día a día. Cuando digo que tengo hambre, o que quisiera que no me empujaran en la cola del autobús, no estoy lanzando mensajes que puedan ser interpretados con varios significados dependiendo de la comunidad interpretativa del que escucha, expreso muy claramente que quiero comer, y que no quiero que la persona que está detrás de mí me empuje.

Quizás lo que deberemos convenir es que el pluralismo es un bello invento para evadir la responsabilidad personal con la que nos enfrenta las demandas de un Dios ético, de un Dios moral. David F. Wells, el autor de “God in the Wasteland: The Reality of Truth in a World of Fading Dreams” dice: “¿Por qué las personas escogen sus propios sustitutos de Dios? Probablemente la razón principal sea que eso elimina nuestra responsabilidad hacia Dios. Podemos buscar ídolos a nuestra manera porque ellos son creación nuestra. Son seguros, predecibles y controlables; … son manejables y pueden ser controlados por completo por aquellos que los usan. No suponen nada parecido a la amenaza de un Dios que truena desde Sinaí y cuya providencia en este mundo se nos presenta a menudo como algo incomprensible y peligroso… Las personas sólo tienen que enfrentarse a sí mismas. Por eso interesa la idolatría”.

C.S. Lewis, el famoso pensador británico, profesor en Oxford y en Cambridge, escribía: “Los antiguos se acercaban a Dios (o a los dioses) como acusados que se acercan a su juez. Para el hombre moderno los papeles se han invertido. Él es el juez: Dios está en el banquillo de los acusados. Se trata de un juez muy amable: Si Dios se defiende de una manera razonable por permitir la guerra, la pobreza y la enfermedad, está dispuesto escucharle. El juicio puede concluir con la absolución de Dios. Pero lo importante es que el Hombre es el juez y Dios el acusado”.

El debate no es si se puede conocer la verdad, sino sobre si estamos preparados para aceptarla o no. Finalmente es una cuestión de decisiones, que tienen un profundo calado moral. Se trata de si nos consideramos víctimas o responsables. La víctima busca una cabeza de turco en quien descargar la injusticia que se ha cometido contra ella. Aquel que sabe que es responsable de su vida y es consciente de su alejamiento moral de Dios necesita un salvador. Las víctimas no necesitan a Dios, como mucho a un terapeuta o a un abogado. El que es consciente de haber roto el orden moral de Dios necesita a Dios, quien puede transformar su vida y darle una nueva coherencia que va mucho más allá de lo meramente intelectual.

Jaume Llenas