life

I love life

Quedaría bien en cualquier camiseta, ¿verdad?: I love life. Yo amo la vida.

¿Amas tú la tuya? Supongo que depende de muchas cosas. Por ejemplo, del nivel de autoestima de cada uno. Si la tienes por los suelos, probablemente no te sientes tan enamorado/a de tu vida. O del carácter de cada uno. ¿Cómo te definirías tú? ¿Extravertido o introvertido? ¿Lanzado o miedoso?. También puede depender de la clase de vida que nos haya tocado tener… ¿Y esos millones de personas que viven en la más absoluta miseria? ¿Se puede esperar de ellas que amen la vida que les ha tocado?

Pero, dicho lo dicho, cuando lo piensas un poco, ¡la vida es una increíble aventura! Desde el momento en que una nueva vida va tomando forma dentro del cuerpo de una mujer y se sienten las primeras patadas de ese “futbolista ahí dentro”, pasando por el gran dolor y la aún mayor emoción del parto, la puerta al mundo exterior, hasta todas las experiencias buenas y malas del crecimiento, de las distintas etapas de la vida, con tantos sentimientos tan contradictorios sucediéndose unos a otros…

¿Y qué me dices de los cinco sentidos? Ver toda la gama de colores de una puesta de sol de otoño. Oír el cantar de las aves, el murmullo de una corriente de agua, la melodía de los seres humanos. Oler las plantas en el bosque o los puestos en el mercadillo. Saborear los platos más exquisitos de las culturas más diversas. Sentir la inteligencia de las yemas de los dedos y la ternura de un beso. ¡Sentir es vivir! ¿Amas la vida? Pero vamos a subir un poquito más alto. Vivir también es pensar. Es aprender a leer, a escribir y a contar. Es ese proceso que nunca acaba (incluso cuando nos hemos graduado y sacado el título) que llamamos “educación”. Es la aventura del saber, la acumulación de todo tipo de información, ¡útil y no tan útil!, el desarrollo de dones y de habilidades. Y es también el descubrimiento de la cultura, aprender a conocer y a valorar el arte, la música, la literatura y las maneras de vivir de mil y un lugares y épocas… Eso también es vida.

Y vivir es también relacionarse. Como diría el poeta inglés John Donne, “Ningún hombre es una isla, entera por sí sola; todo hombre es una pieza del continente, una parte del todo”. No nacimos para vivir solos, sino para formar parte de familias, de comunidades, de una sociedad, de “la aldea global”. Aunque también necesitamos la soledad, la intimidad y la tranquilidad, si supiéramos que íbamos a estar el resto de nuestra vida totalmente solos, cada cual en su isla particular, creo que sería tan intolerable que preferiríamos la alternativa de la no existencia. Porque vivir es amar y ser amado, y sin amor la vida pierde todo su color y se vuelve mera existencia.

Y amar la vida no es solo amar la nuestra propia; es, también, amar toda esa vida que hay fuera de nosotros mismos: la vida que hace latir el corazón de este planeta Tierra, la vida de todos los seres vivos, la vida que hay en plantas, árboles y flores, en esos insectos y reptiles que de forma simultánea nos asustan
y nos fascinan, en las grandes y pequeñas aves, y en todo tipo de animales de la tierra y de los ríos y los mares; pero, sobre todo, la vida de los otros de nuestra misma especie, hacia quienes sentimos una profunda unión que, por más que intentamos resistir, nos impulsa, a menudo sin siquiera conocer sus nombres, a amarles.

Solo falta una cosa, una última dimensión de esa vida que conquista nuestro corazón: la dimensión espiritual. Es fácil negar la existencia del alma. Pero lo que no resulta tan fácil es explicar el fenómeno antropológico universal de búsqueda de lo trascendental y esa capacidad de adorar que eleva a los seres humanos por encima del resto de los seres vivos. Si la cima del vivir es amar y ser amado, la expresión más elevada del amor es saberse amado por Dios y poder amarle a él. Todos sabemos que incluso el amor humano más perfecto no es perfecto; pero el amor de Dios sí que lo es. Quizás te sorprenda que mencione a Dios en un artículo en el que hablo de disfrutar de la vida… ¡Es normal! Porque puede que el mayor pecado de la Iglesia cristiana haya sido dar la impresión de que el cristianismo es el gran
aguafiestas de la vida. Pero… ¡es todo lo contrario! ¡El verdadero mensaje de Jesús, quien es literalmente el amor en mayúsculas, es un mensaje de amor por la vida! ¡Él dio su propia vida por amor a las nuestras… unas vidas finitas y con momentos de frustración y dolor! ¡Jesús nos introduce en una nueva vida de amor, amor por Él, amor por los demás y amor por nosotros mismos!

¿Amas la vida?

 

Leer el resto de artículos: