life

Life. Existe una nueva forma de vivir.

Si esta vida, la vida física, la vida aquí y ahora, a pesar de todas sus imperfecciones, sus decepciones y desilusiones, sus dolores y sufrimientos, la brevedad de sus placeres y la eternidad de sus angustias, sus enfermedades y su inevitable movimiento hacia la muerte, es algo tan hermoso y tan poderoso que nos agarramos a ella hasta el momento cuando se nos arranca de las manos, ¡¿cómo será, entonces, la vida en el sentido más pleno de la palabra, una vida sin esos sinsabores, una vida que no se acaba?! Pues, esa es la vida que nos ofrece nuestro Creador a través de su Hijo, Jesús.

Pero…, hay un problema, un impedimento, un obstáculo: estoy hablando de nuestro egocentrismo, de nuestras ansias de ser el centro, de ser los jueces, de ser los que toman las decisiones… en definitiva, nuestras ansias de ponernos en el papel de Dios. Eso es lo que la Biblia llama pecado. El pecado va más allá de cosas visibles como serle infiel a tu pareja, robar o matar. El pecado es, básicamente, lo malo según Dios. Si un delito o un crimen es lo malo según las leyes de un país determinado, el pecado es lo malo según Dios, nuestro Creador.

El caso es que él, Dios, no solo creó el universo y nos dio la vida a nosotros; también nos dio sus instrucciones como Creador, nos dijo cómo quería que viviéramos, y lo hizo no solo porque sí, sino para que fuésemos felices de verdad. Pero desde el principio, nosotros decidimos que sabíamos más que él, o simplemente que no nos gustaban tantas reglas; y firmamos la primera declaración unilateral de independencia. Y en un sentido todo lo que estropea la vida aquí es consecuencia, directa o indirecta, de esa decisión de rebelarnos contra nuestro Creador.

Y, como digo, eso que llamamos pecado es mucho más que los “cuatro pecados” que nos parecen más gordos que los demás. De hecho, según la Biblia, los mandamientos más importantes son los dos primeros porque encierran todos los demás: amar a Dios con todo nuestro ser; y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Piénsalo, si todos cumpliéramos tan sólo esos dos mandamientos, ¡qué diferente sería el mundo!, ¿verdad?

Pero ahí está el problema: ¡que no podemos hacerlo! No somos capaces de amar a Dios ni al prójimo como debemos. Nacemos con una tendencia egocéntrica que se ve hasta en los niños, que, sin que nadie se lo tenga que enseñar, parece que ya saben ser egoístas, no compartir las cosas y hasta manipular a sus padres. Y sin embargo, compartir, no pegar, hacer caso a lo que sus padres les dicen… en definitiva, “ser buenos”, ¡no resulta tan fácil, ni tan natural! Y conforme vamos haciéndonos mayores, ¡lo único que cambia es la habilidad con la que pecamos y la gravedad de las consecuencias! Y la peor de esas consecuencias se pueden resumir en la palabra “muerte”. Sí, la muerte física, pero también la muerte del amor, la muerte de todas las cosas más hermosas y la muerte espiritual y definitiva. Y esa es la gran paradoja de la vida: amamos la vida y nos aferramos a ella, y sin embargo no podemos evitar estropearla y sembrar en su lugar muerte.

Pero después de la mala noticia viene la buena. Porque, ¿sabías que la palabra “evangelio” significa “buena noticia”? Y es aquí precisamente donde muchos se
equivocan en su manera de entender el mensaje cristiano. Haz la prueba; pregúntale a cualquier persona en qué consiste el mensaje cristiano. Y verás cómo te empiezan a hablar de cosas que se supone que todos tenemos que hacer para hacer un mundo mejor. Pero realmente, ¿eso es una buena noticia? No, todo lo contrario: son malas noticias, ¡porque sólo sirve para subrayar las cosas buenas que somos incapaces de hacer!

La buena noticia es que no tenemos que ser nuestros propios salvadores; Dios envió a su Hijo para que él fuese nuestro Salvador. La salvación no tiene que surgir desde dentro de nosotros; nos viene desde fuera. ¿Y qué hizo Jesús para salvarnos? Pues, después de vivir una vida perfecta, una vida en la que sí se cumplieron esos dos grandes mandamientos de amor a Dios y al prójimo, Jesús se entregó a la muerte, pero una muerte muy diferente de cualquier otra. Diferente porque el Dios del que habíamos pasado se sacrificó poniéndose en nuestro lugar, aceptando sobre él las consecuencias de nuestra rebeldía [si lo puedo expresar en términos jurídicos, es como si fuéramos los acusados en un juicio, y él se presentara en nuestro lugar, dispuesta a cumplir con la condena máxima]. Y diferente también porque pasó por la muerte para vencerla, y poder regalarnos Vida. Sí, así, gracias a su muerte, nosotros podemos tener vida, ¡vida de verdad, vida abundante, vida eterna! Por eso el Evangelio de Juan dice, Hijo único, para que todo aquel que en él cree no muera, sino que tenga vida eterna…”; “El que cree en el Hijo tiene vida eterna…”; “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

¿Entonces, qué tenemos que hacer nosotros?  Pues, aunque parezca demasiado fácil, lo único que tenemos que hacer es creerlo, creer la buena noticia, y aceptar agradecidos el regalo de la vida que Dios nos ofrece. A partir de ese momento empieza una nueva vida, una nueva forma de vivir.

¿A qué esperas?

 

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